Faltaba un año para que MÍNIMO naciera. Yo miraba un río ancho, con el agua hasta la cintura cerca de Vieja Boipeba, mientras intentaba adivinar si iba a ser capaz de cruzarlo. En el medio del manglar podía escuchar la abundancia.

En esa zona, verán, se le silva los barcos. Se silva en realidad al aire o al río, vaya uno a saber. No es desatinado pensar que esto es así porque no hay mucho más que manglar, mas que algún guaiamum con cara de pendenciero, y después si, río y arrecife y mar. Entonces se silva. Y si uno tiene suerte un dueño de barco lo escucha. Ya en un abuso de la misma este señor tal vez tenga combustible; y si lo tuviera, su suerte, que necesitaría a estas alturas ser de esas suertes emperradas, el señor referido -ojalá- cuenta en su haber, con las ganas de ir a buscarlo.

Esto a veces pasa. Yo lo había visto pasar. Asique silvaba.

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Única foto personal. Lanchita «3 irmãos» en el río Catu.

Los amigos que me habían recibido con tanto cariño en la isla, se habían vuelto la noche anterior en los botes que arreglamos para que lo hicieran (amigos con los que perdí contacto, a falta de teléfonos celulares). Algo así como unos taxis pluviales, de chapa y a los que se le tiene que ir sacando el agua con un tarrito porque sino se te van hundiendo que da susto. Yo me había quedado acompañado cómo pude en la fiesta del pueblo. Se hizo tarde y le avisé a Rodrigo que me quedaba. Ahora sé, sin tener una compresión bien ajustada de lo que significaba.

Rodrigo intentó confirmar que realmente quería quedarme; y yo, bueno, se lo confirmé.

A la mañana siguiente me despedí de la señorita que me había recibido, avancé por la última calle de adoquines, por la arena que sigue el recorrido hasta la costa, pasé Moreré, la playa de Bainema, los cocales, el agua turquesa y fue ahí, después de eso, que apareció el manglar. No es que me hubiera olvidado del manglar, pero verá uno la confianza que dan ciertos tipos de tragos.

Para quien no conoce un manglar es una cosa muy pintoresca, sobre todo cuando uno va en bote.

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Una de las salidas del manglar

Un manguezal o “mangue” muchas veces dá hacia el mar, y puede tener agua o no dependiendo de la altura de la marea. Cuando no la tiene es transitable a pie. Cuando la tiene hay que ir en bote. O tener coraje.

Lo había recorrido hacía algunos días con mi guía y no tenía coraje. Pero algo había que hacer; asique despacito y por unas piedras me decidí a cruzarlo. Claro, “cruzarlo” es una cosa que se dice muy rápido, pero aún con la buena memoria del que solo cuenta consigo mismo esto representa un laborioso acostumbrarse a tener un agua marrón por la cintura (en ese momento), en pisar bichos raros, ramas (uno quiere pensar) esponjosas, entre el barro, los cangrejos y otros semovientes, por unos zurcos de agua rodeados de raíces, que resultan a cual mas parecido a los demás.

El bote que me esperaba se habría ido -calculé- a los sumo unos 15 minutos después de la hora pactada, hacía al menos 12 horas atrás, con su conductor río abajo hasta Los castellanos y su dueño ya estaría en Cova, meta echarse cañas por la garganta. Por lo menos eso es lo que yo calculé y es un cálculo al que le tengo confianza.

El manglar de Boipeba termina, o bueno, no parece terminar pero tiene ciertas bocas, que dan al río Catu. Bocas que cuando el agua está baja tienen arena y desde donde se espera a los barcos con los que se pactó un encuentro.

Yo no sé como resulta el reconocimiento de patrones en los seres humanos, pero sí sé que cuando uno está asustado, lo hace bien. Vi un camino de manglar que me pareció reconocer, después de haberle errado (o no), porque uno no se da cuenta si la rama caída estuvo siempre ahí o fue arrastrada desde otro lado, pero efectivamente pude ver una boca, un claro y fui por ahí. A la media cuadra mas o menos sentí el banco de arena en los piés, que es un alivio sobre el que no hay que intentar ni escribir. Vi, por primera vez en lo que habrá sido hora y media de manglar, la orilla opuesta del Catu.

Con el agua ya pasando la cintura, avancé unos pasos para probar la profundidad, y calculé que harían falta unos cuatro o cinco pasos mas para dejar de dar pié. Ahora, hasta qué profundidad iba aquello no lo podía saber, pero para cruzarlo había que nadar. El agua ya no era marrón, sino verdosa. Era agua de mar, pensé. Por lo que iba a seguir subiendo con las horas.

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El manglar de Boipeba sin agua

Asique ahí estaba yo y este tal Catu, que no sabía bien como de fuerte correría unos metros mas allá aunque había tirado algunas cosas para probar la velocidad a la que se iban y hacia donde, ni si había banco de arena en algun lugar del centro para descansar, ni cuánto iba a resistir este servidor, nadándolo. Venía la tarde. Y las tardes en la zona de Moreré son lindísimas.

Pero ocurre que a la tarde, como es ley por allá, iba a subir la marea con la consecuentes subida del nivel del manglar. Y la también consecuente, simple y natural desesperación total de los que se pierden en él. Me acuerdo haber pensado que lo iba a lograr, pero qué si no lo hacía me dejaría llevar por el agua y me treparía a un árbol, y esperaría lo mejor. Tal vez pegaría algunos gritos para que alguien me escuchara; en cualquier caso me impresionó y esta impresión me hace acarrear ahora una mejor prudencia sobre la bobada que es meterse en algunos entuertos peligrosos.

La cuestión central es que la lanchita «Tres hermanos» no aparecía. Se estaba corriendo lenta pero con seguridad ese límite que es instintivo, y que nos dice cuándo no hacer nada, está pasando a ser peór que hacer algo que pudiera salir mal. Mi pensamiento estaba ahí, en entender, dadas las circunstancias, qué era lo mejor. La conclusión, después de una hora y de que empezara a pellizcar el frío, fue que de nuevo, había que hacer algo.

A fines de 2019 me decidí a crear un experimento que se empezaría por llamar MÍNIMO.

MÍNIMO es un experimento para hacer experimentos. Un laboratorio de ideas digitales con ciertos proyectos llevados adelante con una filosofía de diseño, una ética de trabajo, y una lógica de negocios concretas (ver).

Este palabra puede tener varias connotaciones. En el ámbito empresarial levanta sin dudas una ceja o dos, inclusive tres, a quien la disponga. Sugiere cierta antítesis de lo que se supone respecto a algunas máximas sobre el crecimiento, la expansión y otras palabras bélicas que se usan en los negocios para describir un caso de éxito. Eso marcaba un camino que me gustaba. Hacía dos años me había desprendido de casi todas mis cosas, menos una cajita de recuerdos, y esto también coincidía con ese estado, llamémosle, de espíritu. De alguna manera sabía lo que MÍNIMO no iba a ser, que siempre es un buen comienzo, pero la nota negativa nunca alcanza para proponer algo. Necesitaba saber lo que sí iba a ser.

Hacía dos años no trabajaba, dedicado a la noble tarea de no hacer nada. Vagué por Brasil y disfruté y padecí estar solo, de conocer gente, de perder dinero, de recuperarlo, de enamorarme, de ser correspondido, rechazado, de tomar skol, champagne, en un chalé y en un fondo de esos de los bajos. De sacar un montón de conclusiones sobre la vida que no sirven para nada, pero con las que se pasa el rato. Al final de cuentas unicamente en el día que se arrastra la calavera se concentra todo lo que realmente hay bajo el sol, cómo en un embudo, y uno mismo es siempre en parte todo y en parte nada de lo vivió, porque si todo cambia cómo te jura Mercedes, uno es casi siempre un desconocido de ese tipo de las fotos que se le parece. Y ahí nos sentamos de vuelta y pensamos y pasamos otro rato con estas cuestiones, para tomar mate y entretenernos cuando se corta Internet.

Nunca silvé tanto, ni tan agudo, ni tan bien. Y nunca tuvo tan poco efecto, a pesar del eco que hace el río y en el había hecho un deposito a plazo de mi esperanza para que llevara aquel chiflido hasta el dueño de la lanchita Tres hermanos.

“Tu trabajo es hacer arte” dice Seth, y no habla del arte tradicional.
Antes de irme a Brasil yo había trabajado en el iGaming. Que es una forma internacional de llamarle a la industria del juego online, que es otra forma de llamarle a las apuestas en línea. Que sino señores, queda feo.

Me había ido un poco disgustado, un poco estafado (son 10K señores de pl+573&$!s, les mando saludos porque los recuerdo con especial cariño), un poco defraudado (después de casi haber perdido todo por un mal socio y amigo), un poco cansado (después de perder un juicio), y otro poco satisfecho de vender mí parte, cerrar un ciclo exitoso, dejar lo que habíamos construido en buenas manos; y entonces sí, no tener la mas pálida idea de qué hacer o para donde ir.

El mundo de las apuestas siempre fue y será un lugar complicado en sí mismo. En él confluyen cuestiones éticas, el deseo por el riesgo, el control de los impulsos, el concepto de utilidad, el equilibrio entre el entretenimiento y la salud.

No había pasado muy bien el último tiempo en lo personal, y por cuestiones de esas que indican que hay veces en las que uno no está preparado para que todo sea tan bueno había decidido sin decidirlo del todo a cambiar de vida. En todo caso cuestiones de extrema privacidad que se discutirán cómo corresponde a la palabra dada, todos los martes, tal vez por el resto de la vida con mí estimado Andrés.

Demoré dos años en procesar lo que había visto y vivido: negocios lícitos y de los grises, personajes éticos y no éticos, reuniones en pisos de edificios altos, autos caros, gente humilde y millonaria, gente menos humilde queriendo serlo, viajes a lugares extraños, separaciones, tentaciones, reuniones, promesas, traiciones, amistades y enemistades… Todas cosas mas viejas que un agujero de mate pero que al buen paisano con computadora que soy, flojo de entrenamiento en las cuestiones, lo entreveran.

Sin embargo un día, será de alguna mala caipiriña (no aclaremos que se hace largo) redescubrí que siempre me había gustado crear cosas. Hacer cosas. Era una indicio de lo que sí.

A veces, tal vez por la facilidad de dejarse arrastrar por las corrientes, uno va dejando pasar lo que realmente quiere, o dejándose olvidar de qué era eso que realmente lo empujaba, lo estimulaba, sin importar mucho cómo (porque todos los cómo se aprenden) a hacer. Hay motivos para esto, está claro. Hay cuestiones prácticas. Un hogar, una persona, cierto dinero necesario, ciertas responsabilidades que fuimos adquiriendo. Ciertos miedos, mezclados entre lo razonable y lo irracional.

Y esas cosas van pasando y nos van llevando si no nos detenemos en algún momento a considerar. Emerson decía de Wilde o Wilde de Emerson (o ninguno de los dos de nadie y es un invento de los bibliópatas), en todo caso la frase se defiende sola.

Dijo Emerson “En el hombre nada hay más raro que un acto propio”.

Oscar Wilde

De niño escribía cuentos malos, y programas de computadora. Recuerdo esa sensación después que mis padres me insistieran en salir al sol y después de no hacerlo, esa sensación digo de haber creado algo que antes no existía. ¡Y que estaba ahí! Por arte y parte de uno, bueno o malo pero ahí estaba. Se ponía en disquete y se lo podía uno dar a alguien, que lo podía ver, leer o utilizar.

Ahí se descubría la idea de que eso podía ser útil. Y que mas lindo todavía que crear, es crear para otros. Y de ahí la idea de un producto, y de un producto la idea de un negocio. Ahh…. algo de lo que vivir. Negocios que bien entendidos son eso nada mas, formas de escalar, de hacer llegar a más gente una creación útil. Y como cualquier hijo de vecino tener un beneficio por esa contribución que nos permita realizar a su vez otras creaciones útiles y mejorar las existentes. El dinero es una de las formas de llevar adelante este intercambio con desconocidos, y es neutral, que somos nosotros los que a veces no tenemos claro para qué lo queremos o en qué estamos dispuestos a meter la pata por él. El mundo es amplio y las necesidades, opiniones y culturas de la gente diversas, pero el dinero es un herramienta común. Una herramienta especial si se quiere, porque sirve entre otras cosas para comprar otras herramientas. Medios para vivir mejor o peor, o para crear cosas con mayor facilidad. Dinero del que se puede decir que muchas veces menos es más, pero muy menos es poco, y muy poco es insuficiente, que es pasar mal, y eso es para el que le gusta el martirilogio.

MÍNIMO que basa en la idea de realizar un conjunto limitado de cosas priorizando la calidad y de la forma mas simple posible. Cosas que hagan la vida más bonita, o más saludable, o más simple, o más plena, o más elegante, o más libre.

El primer paso estaba ahí donde había tirado la toalla. “Solo el que resiste gana” decía Camilo José. Era cuestión de volver a tomar la antorcha y moverse esta vez en la dirección correcta.

La vez anterior nos dedicamos a molestar a la gente, esta vez iba a utilizar su permiso. La última vez optimizamos los esfuerzos para obtener ganancias, esta vez los optimizaría con foco en las vacas púrpuras. La última vez, dejados llevar por las incertidumbres propias del negocio, tuvimos miedo de tomar decisiones arriesgadas que nos permitieran explorar y crecer, esta vez iba a cultivar un espíritu y una estructura que me permitiera experimentar.

Sea en el manglar o en los negocios, uno se va a perder, los caminos se van confundir, pero si quien anda se toma la molestia de imaginarse su punto en el laberinto a vista de pájaro, se daría cuenta lo simple que era la salida, y lo complicado que el miedo y la incertidumbre la hacían parecer.

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Zona cercana a la playa de Bainema, a unos kilómetros del río Catu.

Quedaba cruzar el río. Asique finalmente separé mi documento de identidad de la billetera y lo guardé en un bolsillo pegado al cuerpo por si me pasaba algo.

Apunté en la dirección que me pareció mas razonable dada la corriente, me encomendé a mi profesora de natación de la infancia y di una primera brazada, que fue la mas difícil.

Había perdido el contról de lo que iba a pasar, estaban sí mis ganas, mi fuerza y los imponderables. No hay mucho mas. Nunca. A la tercera brazada simplemente me concentré en dar otras, tantas brazadas adelate de la anteriores como podía. En intentar mantener la calma. En visualizar el hecho de llegar. Dos o tres horas de tanto pensar, para aquella pavada.

Llegando a la mitad, con la cabeza en el agua creí escuchar un gato. Ahora me da «risada» y creo que ahí en el agua me reí también. Era la presión del agua en los oidos o algo dislocado de mi imaginación pensé. Pero el ronroneo se hizo mas fuerte. Y en la medida que iba ganando nitidez fui entendiendo que no era un gato, ninguna imaginación, sino que era un motor. Un motor probablemente pegado a una lanchita. Una lanchita seguramente cargando gente.

Levanté la cabeza para tomar aire y arriba vi a “Piolo” y a otro caiçara del que no retuve el nombre que me gritaron si necesitaba ayuda y que sin esperar una respuesta me indicaron la dirección del banco de arena. Les agradecí con mi pulgar. Iban a cazar “polvo” al arrecife gritó uno en portugués.

Llegué al banco de arena que estaba no muy lejos de la otra orilla. Estaba agitado. Me sentía raro y no sabía que me pasaba, no sabía si había tragado agua pero algo se me revolvía adentro. Respiré hondo, después contuve la respiración, después volví a respirar hondo hasta que largué una llanto o una carcajada. Bien podrían haber sido las dos cosas juntas, que estos asuntos a veces vienen entreverados, como en la vida.

Lo que sí recuerdo es que el último tramo fue muy sencillo, que caminé la bahía medio andando medio flotando, pensando cómo con algunas situaciones, cuando terminan, uno no sabe exactamente cómo fue que llegó a ellas, ni qué pasó, ni cómo. Recuerdo que llegué a la zona donde estaba mi carpa, recuerdo que sentía, con razón o sin ella, que había logrado alguna cosa. Que había hecho algo.

Recuerdo también que me acerqué y que vi a Rodrigo abriendo una latita de cerveza con un pasto en la boca, y que me detuve a su lado.

-Tudo tranquilo? Me dijo con una voz grave, sin levantar la mirada.

Me quedé unos segundos pensando, sin moverme. ¿No me iba a preguntar dónde había estado? ¿Lo que había hecho desde ayer a la noche? ¿Había hecho realmente algo o mas bien como todo el mundo hace, me había limitado a sobrevivir? Pensé en contarle y no lo hice. En cambio agarré su latita de cerveza y me senté en la arena para mirar el mar. -Tudo. Le dije.

MÍNIMO es una empresa de riesgo, con proyectos sólidos y proyectos experimentales. Es, si uno le pega un estirón a la suerte, un 50/50 de posibilidades de éxito y de fracaso. Un aventura organizada. Un tiró al aire de quien tiene algo de práctica en el polígono.

La primera etapa consiste en encontrar un banco de arena que permita hacer el proyecto sostenible. Una parada práctica en el camino donde tomar aire. El proyecto central de esta etapa es Betizen, basado en 5 años de experiencia en el rubro, que intenta ser la primera comunidad de LATAM enfocada en protección del jugador de casino en linea, en el «fairness» y el control de los casinos. Mucho para hacer, crecer y aportar en un sector con debilidad por ciertas practicas non sanctas.

El proyecto No.5 (en etapa de definiciones mas exactas) intenta explicar a moros y cristianos qué es esto de la afiliación (modelo de negocios en el que se basa Betizen para ser autosustentable), cómo trabajar, y cómo invertir en y a través de Internet.

La segunda etapa consiste en sentar las bases para los proyectos experimentales y construir un equipo mínimo para llevarlos a cabo (Programación, UX/Diseño/Arte, Contenidos, Marketing); y en solidificar el dominio de las metodologías y tecnologías involucradas en el desarrollo de los mismos.

Los dos proyectos iniciales que dan inicio a esta segunda etapa propiamente de experimentación son: Hopmasters, un proyecto que «pretende promover la cultura cervecera artesanal» local e internacional, creando herramientas para cervecerías y consumidores. Y Bibliopath, una editorial abierta que intenta recopilar y disponibilizar en formatos accesibles y agradables el acerbo de literatura y obras pertenecientes al dominio público, así como promover la publicación de obras nuevas en formatos libres y abiertos, en texto y audio.

Lo demás dependerá de la corriente, de mantener el rumbo, de la suerte, de la capacidad, de la marea, del manglar y del río. En cualquier caso, así comienza la primera brazada.

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Escribió para Al Santo Pepe
Nicolás Erramuspe
Product developer @ Mínimo