Cuando uno arranca esta cuestión tan de las pampas como es la meditación Vipassana (que si la hubiera conocido Don Segundo, hubiera dicho que no es mas que lo que hizo siempre el buen gaucho, algo así como sentarse a mirar lo que se le revuelve a uno adentro del mate), se le cruzan, más allá o más acá, pensamientos negativos. Porque la negatividad es nuestro estado natural. Y cuando creemos estar describiendo como «son las cosas», estamos, muchas veces, describiendo nuestro propio estado mental, nuestra visión empañada del mundo.

«Existe amplia evidencia científica de la forma asimétrica en que los adultos utilizan emociones negativas versus emociones positivas para dar sentido a su mundo»

Amrisha Vaish

Se llama sesgo de negatividad, y es una cuestión muy útil.

La negatividad se esconde en las racionalizaciones más inteligentes. En la simplificación de la realidad. En el sarcasmo. En la reacción inmediata, en la desconfianza. En las bombas. En los bombos. Y los gritos.

Por ella hacemos sacrificios tribales que nos hacen sentir parte del rebaño de la crítica, y destruyendo algo pensamos que estamos construyendo alguna cosa. Estamos hechos para esto. Tenemos estos sesgos cognitivos, estos atajos evolutivos en la forma de pensar que nos fueron y nos son muy útiles, uno de los cuales es este sesgo, esta inclinación, esta tendencia de negatividad, responsable entre otras cosas de que las conclusiones sobre la mejora constante y progresiva del mundo en que vivimos que por ejemplo se desprenden de esta charla de Hans Rosling o de este documental nos parezcan sospechosas, aunque estén basada en datos confiables y sean con cierto grado interesante de probabilidad, simplemente ciertas.

Evolutivamente se nos da bien darle más importancia a un hecho que nos parezca negativo que a uno positivo, y más allá de estudios, no es una carrera en ciencias entender la diferencia entre la importancia que tuvo para nuestros antepasados evitar ser desayunos de tigre (o esclavizado por otras tribus -algo habitual en buena parte de la historia humana), a encontrar algo de miel. Lo muy bueno puede esperar, lo muy malo, cuando se trata de no morirse, no puede.

Y esto nos hace propensos a aquello que nos resulta seguro, a aquello que nos resulta mas sencillo. Y lo que nos resulta mentalmente mas sencillo es evitar el peligro, es ver los riesgos y no las oportunidades, la posibilidad de escasez, en vez de la posibilidad de abundancia, es descartar lo diferente con excusas de peligros nunca comprobados, es refugiarnos en lo conocido, es evadir el riesgo. Y esto no significa que no tengamos la capacidad de pensar positivamente, sino que simplemente sentimos una atracción especial por la sección de policiales del informativo. Y porque nos gusta tanto, es que está ahí, con flashes, con luces, con su show de noticias. Y el Nano.
Las posibilidades escondidas en lo diferente sin embargo, están del otro lado.

Vivir en contra

Por eso es más sencillo el cinismo. Y porque es mas sencillo es que es mas habitual. Y lo habitual nos invita una idea de lo normal. Cuando lo normal es ser negativo, ser positivo es rebeldía, es ser, francamente un anormal. Al que se rebela, sea por pertenencia o por miedo o por apego a nuestra forma de pensar, se le baja el precio, y para bajar el precio se lo ignora, o se lo ridiculiza, o se lo simplifica ubicándolo cómodamente en el lado, vaya novedad, negativo, de «los malos», «los inconscientes». Señas vitales del río este de la plata donde el amor es un cliché mishio y el sarcasmo una virtud de compadritos. Son las malas juntas de la negatividad. Como si fuera una virtud el buscarle esa quinta mala pata al gato mas que de ingenio para trabar, enlentecer, romper, o donde fundar la arrogancia de querer cambiarlo todo, y si es con violencia contra los que resentimos, más, y mejor. O donde encallar ese barco de ya no querer cambiar nada. Triste historia de idealistas zamarreados por la realidad.

El amor paga. Y lo digo, siendo que yo siempre pensé que la agresividad es una cosa buena cuando es consentida. Por ejemplo, andarse rompiendo la ñata en un ring es una cosa maravillosa, un ejemplo de coraje, de «sportsmanship», un desafío, un soberana pérdida de neuronas pero ¿quién dijo que había que usar la cabeza para otra cosa? Cada quien en sus santas ganas la expone a los puños que esté dispuesto a asumir. Dos tipos matándose a trompadas, con ciertas reglas para la satisfacción de uno de ellos y de todos, en tanto sea consentido entre ambos, es un espectáculo, una metáfora de la vida, de la estupidez, de la competencia, de las victorias y las derrotas que nos esperan en diferentes formas a todos, de lo que en definitiva cada uno en su santa salsa de principios e ideas, quiera.


Otra cosa es la violencia y la agresividad no consentidas. Y la negatividad, la idea de que todo está mal, nos lleva a qué todo tiene que ser cambiado. Esta arrogancia de creer en un mal «sistémico» que debe ser dado vuelta de cuajo en el transcurso de una vida (la nuestra ¡o nada!), basados no en datos sino en emociones negativas acumuladas, empujadas por nuestra negatividad natural, en esa «normalidad» simplificada de que hay buenos y malos claramente definidos, de que casualmente estamos nosotros entre los buenos, y de que (no)casualmente todo debe cambiar según nuestras ideas, y no por las contrarias o adyacentes; eso es violencia no consentida, es desvaríos de revoluciones, del sufrimiento gratuito de gente inocente, es lo fácil, lo «normal», lo negativo.

Y todo tendría cierta gracia infantil si la idea no fuera impulsada por tantos adultos con navaja que cada cuatro cumpleaños de la tía Susana, andan intentando ganarse la simpatía de todos. De tantos profetas que hablan por el pueblo, como si el pueblo fuera homogéneo y estuviera entero de su lado. Bombos, bombas y gritos. Y tenemos de repente un lugar cómodo, seguro y cargado de negatividad al que pertenecer y desde el que protestar.

Claro que hay cosas que están mal. Claro que hay cosas que están muy mal. Pero nunca estuvimos mejor. Aún, si se quiere, en la desgracia. Existen los hechos y existen las emociones. Una buena lectura para ponerlas en perspectiva es el libro En defensa de la Ilustración: Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso, publicado en el 2018 por el científico cognitivo Steven Pinker.

El amor paga. El dolor pega. O mejor, el no aceptar el dolor, el no madurar y entender los peligros de la perfección y de los idealismos que nos llevan a la frustración, y una frustración tras otra a un resentimiento con el mundo, con los demás y al final o al comienzo con nosotros mismos. Llenos de la satisfacción secreta de hacernos mal con pensamientos o sustancias, y de hacer mal con resentimientos y sarcasmos y radicalismos. Después a culpar al mundo, cuando en realidad ese dolor partió de no entender las reglas de este juego. Que no es justo. Que nunca lo fue. Ni lo va a ser. Y que eso mas allá de gustos o disgustos, es.

Que así como la pedrada cae por gravedad, en la vida sufre el pobre por pobre y el rico por rico. El solo por no tener con quien compartir y el rodeado de gente por perdido entre todos. El alto por tener que agacharse, el bajo, por no llegar. El feo por el rechazo, el lindo por hartarse de las miradas de los demás. El poderoso por sus dudas y sus falsos amigos, el dominado por su búsqueda de libertad. Y con el mismo hilito de agua vamos a dar todos a un mismo mar, a donde fue a parar Manrique y el padre de Manrique, y su señora esposa doña Mencía.

Y por hablar, a este tipo, el Gautama, también le pasó que sufriendo el «vacío» de ser un príncipe entre lujos creyó que la respuesta estaba en la privaciones, y fue en busca de la pobreza. Ahí encontró otros tipos de sufrimientos, menos lo que buscaba, hasta que un día, abajo de un ficus se le iluminó cierta lamparita, y vio que el sufrimiento, mal que nos pese, es parte de la vida, príncipe o mendigo. De toda las vidas. De todas las circunstancias y posiciones en las jerarquías. Que cuanto mas empeño en evadirlo se hace mas evidente, y mas nos vale hacernos su amigo, entenderlo, a vivir para correr en la noria de alguna ilusión de perfección que nunca llega.

Vivir a favor

Entender las reglas de esta vida no para resignarnos, no para conformarnos con lo que nos revuelve, pero para saber que son solo ideas y emociones, burbujas, roscas, ilusiones, que nos falta humildad para comenzar, para saber dónde estamos parados. Y para eso necesitamos entender; mas datos, y menos arrogancia.

Después sí, si tenemos las ganas (que obligados están los condenados), recostarnos en un árbol a matear, o por hacer algo, intentar, pero intentar no destruir un mundo que imaginamos en nuestra contra, no para victimizarnos y victimizar a los desfavorecidos, no para dejarnos arengar con premisas fáciles, con miedos y paternalismos, no para resentirnos con los que injustamente o con justicia les fue mejor, no para creernos que como nosotros tiene que vivir un mundo de gente, o para pensarnos más que otros y dictar como nadie tiene que vivir, sino para descubrir cuáles de entre todas las cosas mejorables queremos cambiar, por ganas, por rebeldía, por amor propio; y dedicarnos a construir algo para aportar un movimiento, una mejora parcial. Un poema, un ladrillo, una vuelta de tuerca, un artefacto, un plato de comida, un abrazo, un emprendimiento, una canción, un pedazo de lo bueno de nosotros, un riesgo, una apuesta por algo que incluya a los demás (y los demás no son aquellos con los que ya estamos de acuerdo que eso es sencillo, «normal», sino justamente a los «anormales» del otro lado del cerco). Algo que nos haga vivir y aporte a la vida, algo que nos haga desear y haga desear algo mejor. Para que nos revuelquen las incertidumbres de no saber si lo vamos a lograr. Y lograrlo. Para que nos difamen los que se esconden en sus miedos y salgan a la luz. Y al final, en el éxito o en el fracaso, haberlo intentado, no a medias, no resentidos, no enojados ni abatidos, sino satisfechos, orgullosos, embarrados y altos. Y habiendo comido «del pan de esa locura» como cantó Miguél, caer muertos un día por ahí, que «imperios han venido y desaparecido«, y aún así tan mansito sopla el viento en la bahía de Montevideo, y el mundo es hoy tan ovalado y azul, tan raro e incierto, tan hermoso como nunca, como siempre.

Referencias





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Escribió para Al Santo Pepe
Nicolás Erramuspe
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